Una de las ideas más provocadoras de la filosofía y la tecnología es la hipótesis de la simulación: la idea de que toda nuestra realidad podría ser una simulación creada por una civilización más avanzada. ¿Y si nada de esto fuera real?

Esta idea fue popularizada por filósofos como Nick Bostrom y llegó al gran público gracias a películas como Matrix. Según esta hipótesis, si una civilización llega a desarrollar simulaciones hiperrealistas, es probable que lo hagan muchas veces.

Entonces, las probabilidades de que nosotros vivamos en la “simulación madre” (el mundo real) serían bajísimas. Es más probable —según esta lógica— que seamos personajes en una simulación que espectadores del mundo original.

Aunque suene a ciencia ficción, algunos científicos como Elon Musk han dicho que la probabilidad de que vivamos en una simulación es “muy alta”. Pero también hay quienes consideran la hipótesis imposible de comprobar o falsar, por lo tanto, filosóficamente inútil.

Hasta ahora, no hay evidencia concluyente a favor ni en contra. Pero el solo hecho de considerar esta posibilidad genera preguntas profundas: ¿Qué es real? ¿Qué es la conciencia? ¿Importa si esto es una simulación si igual sentimos, vivimos y elegimos?

Sea real o no, esta teoría nos empuja a mirar la realidad con más atención. Y quizás, a valorar más el hecho de estar vivos, conscientes y conectados con un mundo —simulado o no— lleno de misterio.

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