Durante años, los videojuegos fueron vistos como una amenaza para la salud mental, especialmente entre jóvenes. Sin embargo, estudios recientes muestran un panorama mucho más matizado: los videojuegos también pueden tener efectos positivos significativos.
Investigaciones realizadas por universidades como Oxford han encontrado que ciertos videojuegos pueden mejorar el estado de ánimo, reducir el estrés y fomentar habilidades cognitivas y sociales. Juegos cooperativos, por ejemplo, fortalecen la empatía y el trabajo en equipo.
Plataformas como «Sea of Solitude» o «Celeste» abordan directamente temas como la depresión y la ansiedad, generando espacios seguros de reflexión emocional. Incluso hay títulos diseñados específicamente con fines terapéuticos, como «SPARX», creado para tratar la depresión adolescente.
Esto no significa que los riesgos hayan desaparecido. La adicción a los videojuegos, el aislamiento social o la exposición a contenidos tóxicos siguen siendo preocupaciones reales que requieren regulación y educación digital.
El enfoque actual no es prohibir, sino comprender. Padres, docentes y profesionales de la salud mental están empezando a ver a los videojuegos como herramientas con potencial, siempre que se usen de forma consciente y equilibrada.
La clave está en la moderación y en el tipo de contenido. Así como el cine o la literatura pueden ser enriquecedores o dañinos, lo mismo ocurre con los videojuegos. La diferencia está en cómo, cuánto y para qué se juegan.







