Existe una idea extendida de que a cierta edad deberíamos tener la vida clara. Trabajo, vínculos, rumbo. Cuando eso no pasa, aparece la sensación de estar fallando.

La realidad es que la mayoría va resolviendo sobre la marcha. Las certezas absolutas son raras, aunque no siempre se muestren las dudas.

Vivir con la presión de decidir “para siempre” paraliza. Muchas decisiones no son definitivas, aunque así las sintamos en el momento.

Permitirse no saber también es una forma de honestidad. La confusión puede ser un estado transitorio, no un problema.

No tener todo resuelto no significa estar perdido. A veces, simplemente estamos en proceso.

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